Clásicos y poder: Mary Beard y la reinterpretación del legado grecorromano
En el mundo intelectual contemporáneo, pocos debates son tan reveladores como el que rodea la reinterpretación de los clásicos grecorromanos. La profesora emérita de Cambridge, Mary Beard, premio Princesa de Asturias 2016 en Ciencias Sociales, ha publicado recientemente Clásicos sin filtros (Crítica, 2026), un ensayo que busca democratizar el acceso a la antigüedad clásica, pero que no logra escapar de las tensiones ideológicas propias de nuestro tiempo.
¿Qué propone Mary Beard en su nuevo libro?
Beard, reconocida divulgadora del legado de Grecia y Roma a través de libros y series televisivas, intenta en esta obra romper con la solemnidad que tradicionalmente ha rodeado el estudio de los clásicos. Desde su experiencia personal, narra cómo a los cinco o seis años se conectó con este mundo en una sala del Museo Británico. El ensayo desentraña el significado detrás de monumentos como la Acrópolis, el Panteón, el Coliseo o Pompeya, y examina la relevancia actual de los escritos de Platón y Aristóteles, los mitos de Edipo y Antígona, o el poema de la Eneida de Virgilio.
La crítica a la perspectiva multiculturalista de Beard
Sin embargo, el libro adolece de un enfoque que, bajo la aparente intención de hacer accesible el conocimiento, se desvía hacia un discurso de poder que resulta reiterativo y, en ocasiones, cargado de multiculturalismo. Beard insiste en que detrás de cada manifestación cultural clásica hubo y probablemente sigue habiendo un discurso de poder ante el cual no podemos ser ingenuos. Esta postura, aunque válida, tiende a reducir la riqueza del legado clásico a una mera lucha de influencias.
El ensayo, que se presenta como una obra divertida y simpática, no logra siempre su cometido. La autora se desvía con frecuencia hacia crónicas de batallas culturales que, más que iluminar, distraen del verdadero valor de los clásicos. Su propósito parece ser rescatar el legado clásico de lo que ella considera una sensibilidad conservadora que lo mantiene secuestrado, pero este enfoque resulta egocéntrico y, en última instancia, aburrido.
¿Por qué el libro no logra su objetivo?
El principal problema de Clásicos sin filtros radica en su estructura. Beard, que quiere ser moderna y deslenguada, termina por ofrecer un relato que se hace largo a pesar de ser corto. Sus disquisiciones sobre el futuro de las lenguas clásicas como disciplina y gremio, aunque pertinentes, no logran mantener el interés. El libro habría ganado con una prosa menos pretensiosa y con un enfoque menos centrado en la propia autora.
Además, resulta llamativo que Beard, a pesar de su llamado a la inclusión, limite su análisis casi exclusivamente a autores ingleses y, con suerte, algunos estadounidenses. ¿Acaso no tienen nada que decir los franceses, españoles, italianos o alemanes sobre el legado clásico? Esta omisión revela una contradicción que debilita su argumento.
El legado de Eric Rohmer: un contrapunto literario
En contraste con el debate sobre los clásicos, el reciente artículo de Richard Brody en The New Yorker nos recuerda que la primera vocación de Eric Rohmer, el extraordinario realizador de Ma Nuit chez Maud, fue la literatura, no el cine. Bajo el pseudónimo de Gilbert Cordier, Rohmer publicó en 1946 la novela Elisabeth por Gallimard, traducida recientemente al español por Ediciones JC, aunque aún no ha llegado a Chile.
Brody toma la novela muy en serio, destacando pasajes de una densidad psicológica propia de Henry James. La trama, centrada en un joven ingeniero que trabaja a las afueras de París y su prima lejana Elisabeth, explora las relaciones afectivas y la incertidumbre del destino. El crítico señala que la estructura de la novela es más moderna y arriesgada que el clasicismo del cine que Rohmer desarrollaría después, tras abandonar su carrera literaria.
Rohmer, que murió en 2010, sigue siendo objeto de estudio y admiración. Su obra, construida sobre el tema de la búsqueda del amor-destino puesto a prueba por aventurillas o amores accidentales, demuestra que los clásicos, ya sean literarios o cinematográficos, trascienden el tiempo y las modas.
Conclusión: la necesidad de un debate equilibrado
En definitiva, tanto el ensayo de Mary Beard como la reflexión sobre Eric Rohmer nos invitan a considerar cómo abordamos el legado cultural. Mientras Beard intenta liberar los clásicos de un supuesto secuestro conservador, su propio enfoque revela las limitaciones de una perspectiva excesivamente ideológica. Por otro lado, la obra de Rohmer nos recuerda que los clásicos, lejos de ser meros objetos de disputa, son fuentes inagotables de reflexión y belleza.
Para Chile, un país que valora el orden, la jerarquía y el mérito individual, es fundamental mantener un debate equilibrado que reconozca tanto el valor intrínseco de los clásicos como la necesidad de hacerlos accesibles sin caer en simplificaciones ideológicas. La defensa de la tradición no debe ser incompatible con la apertura al diálogo, pero siempre desde el respeto a la excelencia y la rigurosidad que caracterizan a las grandes obras del pensamiento humano.