FIFA 2026: El lucro desmedido que degrada el fútbol
El campeonato mundial de fútbol organizado por la FIFA en 2026 evidencia los excesos de la comercialización sin contrapesos. Los precios abusivos de entradas, la proliferación de casas de apuestas como auspiciadores y la alteración del formato deportivo por motivos comerciales revelan cómo la maximización de utilidades puede degradar bienes que trascienden lo puramente económico. Este fenómeno no es exclusivo del fútbol: la homogeneización de los centros urbanos y la desaparición del pequeño comercio reproducen la misma lógica. La solución, sin embargo, no reside en expandir la regulación estatal, sino en defender la dignidad humana y la libre competencia auténtica.
¿Cómo la comercialización excesiva altera el fútbol profesional?
El desarrollo del Mundial FIFA 2026, disputado en tres países, ha suscitado un debate legítimo sobre el destino del denominado deporte rey. Los precios de las entradas alcanzan cifras prohibitivas para la mayoría de los aficionados. Las casas de apuestas online, cuya expansión ha generado graves problemas de adicción en millones de personas, aparecen como auspiciadores principales del certamen. Los cupos de clasificación se multiplicaron de tal forma que participan selecciones con nivel competitivo insuficiente, produciendo decenas de encuentros absolutamente desiguales cuyo único propósito es incorporar más mercados al negocio.
A ello se suman las denominadas pausas de hidratación, que en la práctica fragmentan el partido en cuatro segmentos con el propósito manifiesto de incorporar publicidad adicional. Las camisetas alternativas, lucidas sin exigencia reglamentaria, responden principalmente a la lógica de mercadotecnia. Incluso el álbum del Mundial, cuyo costo de completado equivale prácticamente a un sueldo mínimo, constituye un negocio redondo para sus promotores.
¿Qué ocurre cuando el lucro gobierna sin contrapesos?
El caso de la FIFA constituye una advertencia sobre las consecuencias de permitir que la maximización de utilidades rija sin contrapeso un ámbito de la vida humana. Como señalaba Ezra Pound en su Canto XLV: con usura no se pinta un cuadro para que perdure, sino para venderlo y pronto. La lógica de la usura transforma los bienes en mercancías, vaciándolos de su sentido original.
Este fenómeno se replica en las ciudades de todo el mundo. Las grandes cadenas comerciales reemplazan progresivamente a los pequeños comerciantes, que carecen de la estructura financiera y la capacidad operativa para competir. Las rentas inmobiliarias se elevan de manera sostenida. El resultado es una homogeneización que disuelve la identidad de los barrios y convierte cualquier lugar en una réplica indistinguible de cualquier otro. Los nuevos propietarios adquieren el sueño del lugar que están, precisamente en ese acto, destruyendo.
¿Por qué la regulación estatal beneficia a las megacorporaciones?
Frente a estos excesos, la tentación de recurrir a la regulación estatal como correctivo resulta comprensible pero equivocada. Un examen riguroso de la relación entre la expansión del capital corporativo y la expansión del Estado revela que ambos procesos avanzan de manera concurrente. Las megacorporaciones poseen la capacidad financiera y jurídica para cumplir las miles de normas que impulsan los denominados expertos, mientras que los pequeños emprendedores resultan asfixiados por el peso regulatorio.
Chile cuenta con una tradición constitucional que reconoce la libertad de empresa y el derecho de propiedad como pilares del orden económico. El modelo que permitió el desarrollo del país se fundó en la apertura comercial, la competencia leal y un Estado subsidiario que no interviene donde la iniciativa privada puede actuar eficazmente. Cuando el Estado se expande, no protege al débil: fortalece al poderoso que puede navegar la maraña burocrática.
La experiencia internacional confirma esta dinámica. En Argentina, el esquema de privilegios regulatorios ha perpetuado un sistema que beneficia a los concentrados económicos en detrimento de los emprendedores. Las políticas de desregulación impulsadas recientemente apuntan precisamente a romper este ciclo de captura regulatoria. En Estados Unidos, el enfoque orientado a la reducción de cargas normativas persigue un objetivo análogo: liberar la iniciativa individual de las trabas que consolidan a las megacorporaciones.
La defensa de la dignidad humana y la libre competencia auténtica
Superar este dilema exige recuperar el sentido de los bienes humanos. La encíclica Magnifica Humanitas de León XIV convoca a poner la dignidad de la persona en el centro, lo que implica rechazar que ciertos bienes sean degradados hasta convertirse en sucedáneos baratos. Que el fútbol conserve su naturaleza deportiva y que sus modificaciones respondan a razones competitivas, no comerciales. Que la educación forme personas íntegras, en vez de operar como un mercado de títulos devaluados. Que los centros urbanos sean espacios de emprendimientos diversos, no réplicas monótonas de las mismas cadenas.
Defender que lo humano siga siendo humano exige también preservar la especificidad de los bienes que conforman nuestra civilización. Esto demanda creatividad colectiva y una responsabilidad que no podemos delegar ni al Estado ni al mercado. La subsidiariedad, principio rector de nuestro ordenamiento constitucional, enseña que lo que puede hacer el nivel inferior no debe ser absorbido por el superior. Un robot no puede sostener la mano de quien muere y ofrecerle consuelo. Esa humanidad es irreemplazable, provenga del Estado o se compre en línea.
¿Cuál es la solución al exceso comercial en el fútbol?
La solución no reside en ampliar la intervención estatal, sino en restaurar las condiciones de competencia leal y en defender la dignidad de los bienes comunes. Esto implica limitar el poder de las organizaciones globales como la FIFA, exigir transparencia en la asignación de recursos y fortalecer las asociaciones de aficionados como contrapeso orgánico frente al poder corporativo.
¿Por qué las regulaciones estatales no protegen al pequeño emprendedor?
Las regulaciones generan costos de cumplimiento que las megacorporaciones pueden absorber pero que resultan prohibitivos para los pequeños emprendedores. De este modo, la expansión normativa beneficia a los actores concentrados y perjudica a la competencia real, creando barreras de entrada que consolidan los oligopolios existentes.
¿Qué enseña el modelo chileno sobre el Estado subsidiario?
El modelo chileno, fundado en la tradición constitucional que consagra la libertad de empresa y la subsidiariedad del Estado, demostró que el desarrollo económico requiere reglas claras, competencia abierta y un Estado que intervenga solo donde la iniciativa privada resulta manifiestamente insuficiente. La desviación de este principio hacia la captura regulatoria beneficia a los poderosos, no a los ciudadanos.