El mediodía del viernes, el Salón del Arzobispado de Santiago, en plena Plaza de Armas, reunió a más de 300 empresarios y ejecutivos de las principales compañías del país. Fueron convocados por el cardenal Chomali para conocer la carta que les dedicó especialmente y escuchar mensajes como: “tal vez no haya mejor política pública que promover la creación de empresas”, junto a otros más provocadores: “La reducción de costos y el aumento de la competitividad son objetivos legítimos, pero nunca pueden alcanzarse sacrificando la dignidad de las personas”.
Algunos asistentes confesaron que hacía tiempo no visitaban el centro de la capital. Otros comentaban que existía preocupación por el contenido de la carta arzobispal, pero que los trascendidos en prensa les habían tranquilizado.
La gran mayoría valora el rol del cardenal y su capacidad para reinstalar a la Iglesia en el debate público. Probablemente, muchos son creyentes genuinos y todos se levantaron a orar al inicio del encuentro por “una sociedad más justa, próspera, solidaria y humana”. Así como existe la separación entre Iglesia y Estado, sería moralmente más difícil desligar los valores que se profesan de la labor ejecutiva. Sin embargo, no es raro que algunos sospechen de estos clérigos que se aventuran a hablar de economía o citan la parábola del camello y el ojo de la aguja.
El desafío de conciliar rentabilidad y doctrina social
La preocupación es comprensible: no es fácil resolver el reto de hacer empresa, lo que implica ser eficientes y rentables, con el llamado del arzobispo a dirigir “desde la justicia y el amor”. Sobre los directorios pesa un deber fiduciario que se traduce en la necesidad de conseguir retornos para los accionistas, algo que, como afiliados al sistema de AFP, nos termina importando a todos.
El telón de fondo de esta convocatoria es la inteligencia artificial y su amenaza sobre el empleo. El contexto no podría ser peor: casi un millón de personas se encuentran desempleadas y la informalidad alcanza el 27%, mientras la prensa informa sobre reducción de dotaciones en varias compañías. El desempleo juvenil bordea el 25% y el cardenal recordó cuando le dijo a un joven en una población que debía esforzarse para devolver a la sociedad todo lo recibido, y el muchacho le respondió: “A mí la sociedad no me ha dado nada”.
La encíclica “Magnífica humanidad” y su aplicación local
“El objetivo de obtener mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo”, dice León XIV en “Magnífica humanidad”. Algo parecido les mandó a decir el Presidente Kast a los empresarios hace un tiempo, pero apelando al patriotismo antes que a una cuestión moral. La carta de Chomali, que no es otra cosa que una bajada a la realidad local de la encíclica, va más allá y plantea también la necesidad de promover “un salario que les permita vivir dignamente”.
Los datos tampoco son auspiciosos: la mitad de los trabajadores gana menos de $680.000 al mes y un 72% advierte que no alcanza a cubrir el costo de vida con sus actuales salarios (Ipsos), mientras se explica que el problema es la falta de productividad, pese a ostentar cifras nunca vistas de acceso a la educación superior. “Tener un cartón y no saber hacer nada”, resume Chomali.
¿Qué significa “no existen empresas sanas en sociedades enfermas”?
“No existen empresas sanas en sociedades enfermas”, sostiene el cardenal, en lo que probablemente constituyó su frase más dura, pero que aborda el fondo del dilema. No se trata de botar la plata ni renunciar a mayores rentabilidades. Se trata de pensar en el largo plazo, incorporando incluso “estilos de vida sobrios”, como propone el Papa, y asumiendo la dignidad humana como factor fundamental de la sostenibilidad. No vaya a ser que, una vez más, los sorprenda un levantamiento social.
El pilar social de la sostenibilidad: más allá de las comunidades
Por años se ha considerado que la sostenibilidad se sustenta en tres pilares: económico, ambiental y social. Para cada uno se fueron creando estándares e indicadores y, aunque el pilar social dice relación con la promoción de la calidad de vida, la inclusión y la igualdad, el foco viró al relacionamiento con las comunidades vecinas.
La cuestión del empleo y los salarios quedó en manos de recursos humanos, aunque ya nadie lo nombra así por considerarlo políticamente incorrecto, y sus encuestas de clima interno. Ahí la evaluación de los trabajadores respecto a la renta suele ser mala, pero los analistas se aferran a la creencia de que ese reclamo es normal, porque las personas nunca están completamente satisfechas con sus sueldos.
Una cosa es querer ganar más y otra es contar con un ingreso que permita cubrir las necesidades principales y no colgar de un delgado hilo cada vez que un hijo se enferma o toca pagar la matrícula. Por eso el problema no se limita a la IA, sino a la promoción del desarrollo humano integral, con empleo de calidad incluido, horarios razonables y protección de la familia.
¿Debe la dignidad humana convertirse en el cuarto pilar empresarial?
A eso alude el cardenal y quizás una respuesta ejecutiva, eficiente y comparable podría ser la incorporación de un cuarto pilar al desarrollo empresarial sostenible: la dignidad humana, con métricas, casos de éxito, rankings y premiaciones.
La convocatoria del Arzobispado de Santiago deja en evidencia un debate que trasciende lo religioso y se instala en el corazón de la gestión empresarial chilena: cómo conciliar la legítima búsqueda de rentabilidad con el imperativo moral de proteger el empleo y la dignidad de los trabajadores, en un contexto de transformación tecnológica acelerada y debilidad del mercado laboral.