Humanidades en crisis: la urgencia de un diagnóstico nacional
La tormenta que azota a las humanidades y ciencias sociales a nivel mundial no es un fenómeno pasajero. Se trata de una crisis estructural que exige respuestas concretas y responsables. En Chile, la discusión ha sido secuestrada por un diálogo de sordos entre la razón tecnocrática del Ministerio de Ciencia y la defensa corporativa de las disciplinas afectadas. Es momento de actuar con seriedad y rigor.
El origen del mal: activismo y decadencia académica
El avance del irracionalismo posmoderno durante las décadas de los 80 y 90, junto con el desarrollo de las llamadas 'epistemologías alternativas', ha convertido a muchas facultades en bastiones del activismo político e identitario. El movimiento woke, definido con precisión por el filósofo John Gray en su obra 'Los nuevos leviatanes', es el hijo directo de estos tres factores: el secuestro ideológico, la falta de estándares y el repliegue de la izquierda hacia los campus tras la caída del Muro de Berlín.
Casos internacionales que evidencian la decadencia
En el Reino Unido, el escándalo de Jason Arday, quien obtuvo una cátedra en la Universidad de Cambridge en 2023 y fue celebrado como un hito, ha destapado una trama de plagio e incompetencia académica. El problema no es individual, sino sistémico: un sistema de irresponsabilidad organizada que valida y premia la mediocridad.
En Estados Unidos, la presión del gobierno de Trump ha generado debates profundos. El artículo de Tyler Austin Harper en The Atlantic, titulado 'Why I quit the tenure track', revela la hipocresía insoportable de la academia: racismo invertido, falta de sentido común y una plétora de paradocentes y asesores parasitarios.
El informe que Chile necesita
Las rectorías de las universidades de Washington y Vanderbilt encargaron un informe sobre el estado de las humanidades y las ciencias sociales. El documento, publicado en septiembre, ofrece un panorama balanceado y permite focalizar intervenciones futuras. Chile debe seguir este ejemplo.
Si el Ministerio de Ciencia considera que estas áreas son importantes pero no funcionan bien, lo correcto es impulsar un diagnóstico común. Los rectores universitarios deberían estar de acuerdo y liderar esta iniciativa. Se requiere una comisión políticamente plural, académicamente excelente e independiente, capaz de definir con exactitud la naturaleza del problema y las preguntas a responder.
La responsabilidad de las disciplinas
Si nuestras humanidades y ciencias sociales no son capaces de producir un informe de esta naturaleza, no tendrían cómo justificar su demanda por recursos. Estas disciplinas deben estar a la altura de su rol como herramientas de reflexividad y autoobservación social. Si no pueden observarse a sí mismas, difícilmente podrán contribuir al desarrollo del país.
El desafío es claro: romper el diálogo de sordos y avanzar hacia un diagnóstico riguroso que permita recuperar los estándares académicos y devolver a estas áreas su verdadero propósito.