Disciplina escolar: la evidencia científica desmiente la eficacia de la expulsión y propone alternativas para el orden en las aulas
La revisión de dos décadas de estudios científicos por parte de la Asociación Estadounidense de Psicología (APA) ha establecido un hecho contundente: expulsar o suspender a un estudiante no mejora su comportamiento ni el clima escolar. Por el contrario, estas medidas punitivas tienden a agravar el rendimiento académico y a profundizar las brechas sociales, afectando desproporcionadamente a los sectores más vulnerables. Frente a este diagnóstico, la evidencia internacional señala que estrategias como el Apoyo Conductual Positivo y la justicia restaurativa ofrecen resultados superiores, aunque su implementación no está exenta de controversia, particularmente en Estados Unidos.
¿Por qué la expulsión no corrige la conducta?
Durante décadas, el enfoque de la tolerancia cero predominó en los establecimientos educacionales bajo el supuesto de que el alejamiento del alumno propiciaría la reflexión. Sin embargo, la investigación acumulada demuestra que esta premisa era errónea. El análisis de la APA, que abarcó veinte años de estudios, no encontró evidencia de que la expulsión mejore la seguridad ni el ambiente dentro de las salas de clases.
Los datos son reveladores: los estudiantes expulsados presentan mayores tasas de deserción escolar y un deterioro en su desempeño académico. Además, el castigo no se distribuye de manera equitativa, sino que golpea con mayor fuerza a quienes provienen de contextos socioeconómicos desfavorecidos, consolidando una desigualdad que la disciplina punitiva pretendía, en teoría, contrarrestar.
El factor neurobiológico: el cerebro adolescente en desarrollo
La explicación de esta ineficacia se encuentra, en parte, en la neurobiología. La corteza prefrontal, responsable de la planificación, el control de impulsos y la evaluación de consecuencias, es una de las últimas regiones cerebrales en madurar, completando su desarrollo recién hacia los veinticinco años. Mientras tanto, los sistemas de recompensa y emoción operan a plena capacidad.
El psicólogo Laurence Steinberg ha comparado esta situación con la de conducir un vehículo de alta potencia con frenos aún en construcción. Esta realidad no implica que los adolescentes estén condenados a la indisciplina, sino que el sistema educativo debe orientarse a reducir los riesgos mientras se les enseña a tomar mejores decisiones.
¿Qué alternativas han demostrado ser eficaces?
Un estudio de 2023 que revisó 32 investigaciones, abarcando a cerca de 394.000 estudiantes, identificó dos estrategias con resultados particularmente positivos.
Apoyo Conductual Positivo: prevención antes que sanción
El Apoyo Conductual Positivo (PBIS, por sus siglas en inglés) propone un cambio de paradigma: en lugar de esperar la infracción para castigar, se rediseña el entorno escolar completo para reforzar las conductas deseables de manera permanente. Este enfoque preventivo no solo reduce las exclusiones disciplinarias, sino que incluso mejora el rendimiento cognitivo de los estudiantes.
Justicia restaurativa: reparar el daño antes que castigar
La justicia restaurativa, por su parte, desplaza el foco desde la norma vulnerada hacia la reparación del daño causado a la comunidad y la reconstrucción de las relaciones interpersonales. Una revisión de 2025 que analizó trece estudios confirmó su eficacia para disminuir la violencia escolar y mejorar el bienestar emocional de los alumnos. Una revisión previa, de 2022, ya había constatado que esta práctica reduce las expulsiones, mejora el clima escolar y favorece los resultados académicos.
En Tailandia, este enfoque ha trascendido la teoría. El Instituto de Justicia de Tailandia (TIJ), en conjunto con la administración de Bangkok, lanzó en 2026 el programa Restorative Justice in School Sandbox, que capacita a docentes para resolver conflictos sin recurrir directamente al castigo. La Fundación Friedrich Naumann de Tailandia contribuyó con el desarrollo de dos juegos de mesa y rol, denominados RJ Journey y RJ Express, que permiten a los profesores practicar la mediación de conflictos desde el rol de facilitadores.
Elegimos los juegos como herramienta de aprendizaje porque pueden transformar la justicia restaurativa, que puede parecer un concepto abstracto, en una experiencia tangible con la que los jugadores pueden interactuar, explicó Auraprang Pornpermpoon, coordinadora de políticas del TIJ.
Las críticas: el riesgo de eliminar las consecuencias
No obstante, esta transformación no está exenta de objeciones. En Estados Unidos, la Asociación Nacional de Educación (NEA), el mayor sindicato docente del país, ha impulsado junto a la APA la justicia restaurativa como respuesta a la creciente violencia escolar. Sin embargo, la publicación National Review ha cuestionado duramente esta estrategia, argumentando que en la práctica puede convertirse en un sustituto de las consecuencias, y no en un complemento.
El argumento central de esta crítica es que, sin consecuencias claras, la mala conducta carece de freno, lo que puede perpetuar un ciclo de problemas disciplinarios que termina agotando a los propios docentes. Las cifras respaldan esta preocupación: un 43% de los profesores estadounidenses ha considerado abandonar la profesión debido a experiencias de violencia y mal clima escolar.
Un debate abierto: orden, recursos y formación docente
La discusión permanece abierta. La evidencia académica es consistente en que el castigo puro no produce los resultados esperados, pero la aplicación efectiva de la justicia restaurativa, sin que se transforme en una excusa para la ausencia de límites, exige entrenamiento, tiempo y recursos que no todos los establecimientos poseen.
El estudio que evaluó a casi 400.000 estudiantes subraya un detalle relevante: no es necesario esperar a que se produzca una falta para implementar estas estrategias. El Apoyo Conductual Positivo se aplica antes del conflicto, reforzando el buen comportamiento de todo el curso, a semejanza de quien riega una planta antes de que se marchite, en lugar de intentar revivirla después.
La evidencia converge en una dirección clara: los adolescentes no requieren más castigos para aprender a gestionar sus impulsos, sino más adultos de confianza, más oportunidades para practicar buenas decisiones y establecimientos dispuestos a invertir tiempo en enseñar comportamiento, con la misma dedicación con que se enseña matemática o lectura. La interrogante que permanece es si los sistemas educativos, presionados entre las demandas de los padres, el agotamiento docente y las restricciones presupuestarias, están efectivamente dispuestos a emprender este cambio.
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